El problema difícil de la consciencia
Estoy trabajando ahora mismo en mi siguiente libro, dedicado a la consciencia. Quería compartir algo que estoy escribiendo en este mismo momento, todavía en construcción, porque creo que merece la pena pensarlo en voz alta.
Problemas fáciles y el problema difícil
Hemos logrado comprender y hacer funcionar muchísimas cosas, pero seguimos sin saber qué es esa percepción subjetiva que hace que todo aparezca "en mí". En la década de los 90, el filósofo australiano David Chalmers lo denominó el problema difícil, y desde entonces se le conoce así en el mundo académico.
Chalmers distinguió entre dos tipos de problemas. Los "fáciles" son los relacionados con la neurociencia y la biología: cómo procesa el cerebro la información, qué neurotransmisores intervienen, qué canales y disparos eléctricos hay detrás. Son fáciles entre comillas, porque al menos vemos avances — aunque cada respuesta abra nuevas preguntas, hay sensación de progreso. Es como ir definiendo las piezas de un rompecabezas que jamás veremos completo.
El problema difícil es otra cosa. Por mucho que miremos cada pieza por separado, nunca terminamos de entender por qué existe la experiencia subjetiva. ¿Por qué "se siente algo" al ver, oír o pensar? ¿Cómo surge la consciencia a partir de un cerebro físico? ¿Por qué hay experiencia interna, sin más? Un ejemplo clásico: podemos llegar a explicar cómo el cerebro detecta el color rojo, pero eso no explica por qué ver rojo "se siente" de una manera tan concreta.
Lo que la ciencia moderna no ha resuelto
Aquí, precisamente, la ciencia moderna — que tantos avances nos ha regalado en los últimos siglos — no ha mostrado ningún progreso real. Es paradójico: usamos la consciencia para descubrir cosas, pero el mismo mecanismo que empleamos para investigar resulta ser el mayor enigma. Es como retratar todo un paisaje y darle una definición precisa a cada detalle, sin poder tocar la cámara que hace esas fotos, sin verla, sin saber dónde está ni qué es.
Dioses, culturas antiguas y la consciencia
Si miramos culturas de miles de años atrás — los griegos clásicos, las antiguas dinastías chinas, o la India de la época de los Upanishad —, estamos igual, o incluso peor situados en términos empíricos. Aunque, en cierto modo, tenían una ventaja: no tenían que demostrarlo todo de forma empírica, y podían atribuirle a la consciencia un carácter mágico o espiritual. Gran parte de la definición de los dioses, en todas las culturas, hacía referencia a formas de percepción de la propia consciencia — como el dios Cupido para la percepción del amor. Se han definido millones de dioses distintos a lo largo de la historia, cada uno con una habilidad mágica, quizá exagerada, pero real, de nuestra propia consciencia.
En cierto modo, eso se acerca más a la realidad: la consciencia no tiene soporte físico, no se puede ver ni tocar, no tiene una ubicación definida. ¿Entra realmente dentro del campo de la ciencia? Por eso nos hemos visto obligados a segmentar disciplinas y a hablar de la psicología y la religión como algo aparte. Y sin embargo, hasta el científico más estricto — el que solo cree en lo demostrable y rechaza bruscamente todo lo demás — llega a su casa y percibe, por sí mismo, el amor hacia su mujer y sus hijos. Algo que no puede negar. No hay forma de explicarlo, pero resulta innegable. La única manera de sostener esa contradicción es dividir las disciplinas y mirar solo hacia el lado que interesa en cada momento.
¿Una explicación unitaria?
La pregunta que me acompaña mientras escribo este libro es esta: ¿encontraremos alguna vez una explicación unitaria que incluya, por fin, la ciencia, la psicología y la espiritualidad? No tengo la respuesta todavía — pero es, precisamente, lo que estoy tratando de desentrañar en estas páginas.
¿Te interesa este tema o quieres que te avise cuando salga el libro?